La adolescencia merece un debate sereno sobre el impacto psicológico de la tecnología digital José César Perales Catedrático de Psicología Experimental. Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento. Universidad de Granada. En los ‘70, el equipo de la investigadora Sarah Lichtenstein preguntó a una amplia muestra de personas por la frecuencia de distintas causas de fallecimiento, desde las más habituales, como el cáncer, hasta las más exóticas, como ser electrocutado por un rayo. Aunque las respuestas recogidas no eran totalmente descabelladas, este y otros estudios evidencian una tendencia a sobreestimar la frecuencia de causas que tienen presencia mediática habitual (como los accidentes aéreos) y a infraestimar la de causas comunes, pero menos visibles (como la sepsis). El exceso de confianza en la experiencia personal no se limita a creencias populares y estadísticas de mortalidad, sino que es intrínsecamente humano y afecta incluso a profesionales altamente capacitados en su ámbito. Por ejemplo, muchos psicoterapeutas sobreestiman su eficacia, y esta percepción no cambia significativamente con los años de experiencia. La explicación es sencilla: los pacientes que mejoran tienden a permanecer en terapia y proporcionan retroalimentación positiva, mientras que aquellos a quienes no les funciona suelen abandonar temprano, dejando poca o ninguna información. Como resultado, los terapeutas reciben más confirmaciones que cuestionamientos sobre su valía. Este tipo de asimetría en la retroalimentación es común en muchos aspectos de la vida. Así, un 88 % de los conductores cree que conduce mejor que la media, y un 68 % de los profesores universitarios afirma estar entre el 25 % mejor evaluado de sus colegas. Afortunadamente, numerosos estudios también muestran que los profesionales que logran mejorar con el tiempo son aquellos que buscan activamente retroalimentación negativa que les permite ajustar su forma de pensar y actuar. Por esta razón, la acumulación de evidencia científica es crucial. La ciencia está diseñada para superar las limitaciones de nuestra percepción personal, pero solo es útil si mantiene un diálogo constante con la práctica diaria. Es un proceso de ida y vuelta: la profesión no puede ignorar la evidencia, pero la investigación tampoco puede permitirse el lujo de desconectarse de la práctica. Solo a través de esta interacción podemos avanzar, tanto en la comprensión del mundo como en nuestra capacidad para enfrentarlo con éxito. Adolescencia y salud mental A medida que avanzamos en el siglo XXI, es difícil ignorar la percepción de que la tecnología digital ha afectado negativamente nuestras vidas, y especialmente a la de los adolescentes. Todos hemos conocido, directa o indirectamente, casos de jóvenes perjudicados por contenidos inapropiados o conductas dañinas, incluso delictivas, en redes sociales. Además, expertos de diversas áreas advierten sobre una epidemia de enfermedades mentales que afecta a toda una generación, instando a limitar el uso de pantallas para frenarla. Sin embargo, es importante no confundir la amplitud de estas creencias, ni la certeza con que se expresan, con su veracidad. La idea de que los dispositivos y aplicaciones en línea están causando una crisis de salud mental en los adolescentes se basa en dos afirmaciones. La primera —que los adolescentes tienen peor salud mental que las generaciones anteriores— está, sin embargo, influida por factores ajenos a la verdadera prevalencia de estos problemas. Uno de ellos es la confusión entre casos y diagnósticos. Según un estudio de la Universidad Internacional de La Rioja, en España, el porcentaje de adolescentes hospitalizados por trastornos mentales aumentó del 3,9% en 2000 al 9,5% en 2021, y la edad promedio de ingreso bajó de 17 a 15 años en el mismo período. Pero, en paralelo a este aumento, también ha habido una mejora en el diagnóstico y la cobertura de estos problemas. Según un estudio publicado en la prestigiosa revista New England Journal of Medicine, en EE. UU. el porcentaje de adolescentes que reciben algún tipo de tratamiento psicológico o psiquiátrico ha aumentado del 9,2% al 13,3%. Pero lo más relevante es que, entre aquellos con problemas psicológicos graves, la proporción que recibió tratamiento pasó del 26,2% al 43,9%. Si estos datos pueden extrapolarse a España, la conclusión positiva es que ahora más adolescentes que necesitan ayuda psicológica están recibiendo el tratamiento necesario. Este progreso en la atención, sin embargo, también ha llevado a un aumento en la carga asistencial para los profesionales, lo que explica, al menos en parte, su sensación de crisis. Esta mejor detección está relacionada con un segundo factor: la creciente sensibilidad social hacia la salud mental. Hoy, los adolescentes han dejado atrás buena parte de los tabúes sobre los problemas psicológicos. Padres, madres y profesionales también muestran mayor atención a las necesidades emocionales de los jóvenes y están más dispuestos a recurrir a especialistas cuando es necesario. Aunque este cambio es positivo, plantea el riesgo de confundir mayor visibilidad con un aumento real. ¿Qué muestran pues los datos objetivos? ¿El aparente aumento de casos refleja un incremento real o se debe principalmente a una mejor sensibilidad? La respuesta no es sencilla. Los estudios nacionales e internacionales, basados mayoritariamente en encuestas y autoinformes, ofrecen los datos más fiables disponibles, pero no están exentos de problemas. Matices en cómo se formulan las preguntas, diferencias idiomáticas o culturales, e incluso factores generacionales pueden afectar a la forma en que se entienden y responden y alterar los resultados. Afortunadamente, la investigación presta cada vez más atención a estas limitaciones para obtener conclusiones. Parte de esta atención se traduce en realizar mediciones ecológicamente más validas, recogidas no solo de las y los adolescentes, sino también de los agentes directamente en contacto con ellas y ellos. En conjunto, hay cierto grado de acuerdo en que algunos países (sobre todo los países de la anglosfera) muestran un cierto deterioro real de la salud mental adolescente. Sin embargo, esta tendencia no es geográfica o culturalmente uniforme. Según el Global Burden of Disease (GBD), en la Unión Europea, la salud mental adolescente ha mostrado una mejoría leve y constante desde los años 90. En España, los indicadores mejoraron hasta 2006, seguido de un ligero deterioro posterior, aunque sin alcanzar los niveles de hace tres o cuatro décadas. También existe, por otro lado, consenso en que las restricciones de movilidad por el COVID-19 impactaron más negativamente a adolescentes, y aunque ese efecto ha disminuido, no se ha disipado completamente. A muchos adultos les sorprende que, descontando el impacto de la pandemia, los datos actuales sobre salud mental adolescente en España sean algo mejores que en los años 80 y 90, cuando nosotros mismos éramos adolescentes. Este dato desafía creencias muy arraigadas y estimadas en nuestra generación. Pero, como ya se ha señalado, debemos sospechar siempre de nuestra tendencia a la nostalgia, a reconstruir recuerdos y a confundir lo que creemos haber vivido con lo que realmente sucedía. Salud mental y tecnología La segunda afirmación de las antes mencionadas –que la tecnología está teniendo un impacto negativo en la salud mental adolescente– debe someterse al mismo escrutinio que la primera. Ciertamente, quien busque información que corrobore esa idea, la va a encontrar: decenas de estudios afirman que el uso de smartphones, internet o las redes sociales está relacionado con una peor salud mental. Sin embargo, también hay decenas de estudios que encuentran lo contrario. Por eso es importante tener herramientas que nos permitan sintetizar esa evidencia contradictoria. Ciertamente, existen varios análisis publicados de esa evidencia. De estos puede concluirse, a grandes rasgos, lo siguiente: Es prácticamente imposible integrar la evidencia disponible si hablamos indiscriminadamente de “internet”, “pantallas”, o “móviles”. La variedad de modalidades y de actividades que pueden llevarse a cabo con esos medios es tal que la medición de su uso como algo homogéneo carece de utilidad. Si nos restringimos al uso de redes sociales en la adolescencia muestra una correlación sutil, pero estadísticamente significativa, con un menor bienestar psicológico (mientras que, por ejemplo, para los videojuegos la relación es igualmente sutil pero positiva). Sin embargo, no está claro que esta relación se deba a un impacto directo. Factores como la salud mental previa y el tipo de uso que se hace de la tecnología podrían explicar buena parte de la relación. De haber alguna relación causal, las investigaciones del equipo de Amy Orben y Andrew Przybylski, de la Universidad de Cambridge, sugieren que esta sería probablemente bidireccional (el uso de redes sociales impacta en la salud mental tanto como a la inversa) y limitada a ciertas edades (alrededor de los 14 años en chicos, 12 en chicas, y 19 en ambos). La magnitud de esta relación, en cualquier caso, es relativamente pequeña, y se requerirían niveles de uso muy por encima de lo normal para que ese impacto fuera relevante en la práctica. Esa magnitud modesta de ese posible impacto es evidente en comparación con el de factores como la deprivación socioeconómica, la desestructuración familiar, el abuso, o la presión académica. A la vista de la sutileza y la dependencia de este efecto de otros factores no es de extrañar que la mayoría de los estudios de calidad que analizan la relación global entre uso de pantallas y salud mental en la adolescencia, sin tomar en cuenta esos factores, arrojen resultados nulos. En la mayoría de los estudios disponibles, la medición del uso de dispositivos digitales se restringe a autoinformes. En solo unos pocos, el uso se mide de forma objetiva (recogiéndolo a través del propio dispositivo). Cuando se hace de esta segunda manera, la relación entre tiempo de uso y salud mental se reduce todavía más. Dicho de otro modo, aquellas personas que tienen una peor salud mental perciben como más negativo y excesivo su uso del dispositivo o aplicación en cuestión, a pesar de que, objetivamente, ese uso no sea desproporcionado. De la evidencia a la política El principal problema de evaluar sesgadamente la evidencia disponible es el riesgo de tomar decisiones equivocadas, algo especialmente peligroso en el actual contexto político. Una primera equivocación sería culpar a los dispositivos digitales como principales causantes de los problemas de salud mental adolescente, relegando factores estructurales que sabemos tienen un impacto mucho mayor. Aunque algunos de estos factores operan a través de los dispositivos, eliminarlos no garantiza reducir su impacto. Por ejemplo, el acoso online y el offline están estrechamente relacionados y suelen ocurrir juntos, pero mientras el primero es visible y deja rastro, el segundo sigue siendo más difícil de detectar. Retirar los dispositivos sin tomar otras medidas más profundas podría simplemente devolver el acoso a su invisibilidad de hace unos años. Una segunda equivocación sería restringir tanto el uso de tecnología que se impida enseñar su manejo responsable. Mientras que, en conductas como el consumo de sustancias o el juego de azar, la evidencia de su impacto negativo justifica la prohibición hasta la adultez, en el caso de los dispositivos y las aplicaciones online, la evidencia sugiere que es posible una familiarización progresiva y acompañada durante la adolescencia. Esta aproximación no solo está más alineada con la evidencia, sino que evita perder los beneficios que la tecnología puede ofrecer. Por ejemplo, un estudio en Reino Unido con 1400 adolescentes mostró que la conectividad digital protegió su salud mental durante la pandemia. Aquellos con menos acceso online sufrieron más el impacto negativo de estas medidas. Además, la evidencia también muestra que las redes sociales, bien utilizadas, pueden ser herramientas valiosas para la expresión y el apoyo social, especialmente en colectivos en riesgo de discriminación, como las minorías de orientación sexual o de género. En resumen, el principio de precaución, usado para justificar medidas protectoras ante la incertidumbre, debe aplicarse con cuidado. Tomadas de forma excesivamente rígida y sin base en la evidencia, estas medidas son, en la práctica, imposibles de materializar, contribuyen a agravar la polarización entre familias y profesionales, y, junto con los posibles riesgos de la tecnología, eliminan también sus posibles usos positivos. Si bien todos coincidimos en la necesidad de regular el acceso gradual a la tecnología, la forma de hacerlo debe fundamentarse en la mejor evidencia disponible, obtenida de manera rigurosa y objetiva. Es esencial considerar las diferencias individuales, los contextos de vida y las actividades digitales específicas para diseñar estrategias equilibradas y efectivas. Nota: Una presentación más amplia de los argumentos expuestos en este artículo, así como las referencias utilizadas, puede encontrarse en los siguientes enlaces: https://osf.io/preprints/psyarxiv/pmyu6 y https://www.youtube.com/live/8CZOx6j_-7E 170 Puntúe este artículo: 5.0 Etiquetas: participación enseñanza Revista FAPA educación Inteligencia Artificial pantallas TIC móviles dispositivos electrónicos